¿La loca entrega del amor?(Notas después de escuchar “Reliquia” de Rosalía)

Dra. Arantxa Hernández Piñero,

Tres Guineas

“… mi corazón nunca ha sido mío/Yo siempre lo doy” -canta Rosalía.

Escuchar “Reliquia” de Rosalía, perteneciente a su nuevo disco “Lux” (2025), me hizo pensar en el amor como entrega. Cuenta Rosalía que esta canción está inspirada en la vida de Santa Rosa de Lima, algunas de las partes de su cuerpo se encuentran desperdigadas por el mundo, debido a la práctica del catolicismo de las reliquias. Esta práctica consiste en venerar partes del cuerpo de una persona considerada santa o de objetos relacionados con ella. En un sentido extendido y no religioso, más habitual para muchas, lo usamos para referirnos a un objeto preciado que guardamos como recuerdo de alguien o de algo querido y, por lo general, pasado. Prodríamos decir que lo atesoramos. Rosalía juega con estas dos dimensiones de la palabra “reliquia”. Además, la despliega como metáfora: tanto de la pérdida como del amor.

Empecemos por el amor.

 

El amor es entrega: una entrega absoluta, radical, ya que no se trata de cualquier entrega, sino de entregarnos.

Esta entrega no es delivery. Desconoce la lógica del cálculo. También es ajena a la lógica del pedido comercial. No se trata de oferta y demanda. No es transacción. Desconoce también la lógica del quid pro quo. No se pide ni se espera devolución ni trueque. No se mide. Es desmedida. Requiere una apertura tal que aquello que simboliza la vida de cada una (“mi corazón”) no se reclama como propio, es decir, de nuestra propiedad: “mi corazón nunca ha sido mío”. En el amor no damos lo que tenemos, entregamos lo que nos hace vivir, en un doble sentido: el corazón representa el órgano que nos permite estar con vida y, a la vez, simboliza el amor que nos da vida, en un sentido existencial. Quizás sea el más incomprensible e impresionante don del amor: “Yo siempre lo doy”. Por esta razón, esta entrega radical no tiene nada que ver con la abnegación (hago un guiño a la excepcional intervención de Rosario Castellanos en la conmemoración del Día Internacional de las Mujeres en 1971 “La abnegación: una virtud loca”). Esta entrega es loca, porque es desmedida. Es loca porque altera el orden patriarcal y neoliberal. Es loca y es afirmación radical de la vida.

 

Entregarnos al amor es abrirnos a la alteridad. A lo otro que nosotras. A la otra. A lo que no soy yo y que, por esta razón, no puedo controlar ni dominar (aunque se pueda dar, como sabemos bien, el control y la dominación).

 

Entregarnos: amor

 

Entregamos aquello que somos, no lo que tenemos, ya que no se trata de posesión. Es interesante que en el idioma español entregarse sea sinónimo de rendirse, palabra impregnada de una connotación negativa en los esquemas de valores patriarcal y neoliberal (aparentemente postpatriarcal). En el esquema patriarcal, el ideal de la masculinidad es la conquista, que implica apropiación y dominación y se asocia con el éxito. En el neoliberal, el éxito se convierte en mandato también para las mujeres y se nos pretenden imponer las características del “hombre hecho a sí mismo” como deseables, con las contradicciones vitales que la combinación de ambos modelos (patriarcal y neoliberal), ninguno de ellos feminista, ocasionan en las mujeres. Acá late otro corazón, el corazón de una de las disputas que, a mi juicio, marcan nuestra época: las concepciones del amor y los significados de las transformaciones de las relaciones entre mujeres y hombres. Porque el feminismo ha hecho que lo que se sostenía debido a la normalización de las relaciones de dominación de los hombres y de subordinación de las mujeres ya no se sostenga más. Las mujeres ya no lo sostenemos más. Como decían las mujeres de la Librería de Milán ya en 1996: “ahora es otra época y otra historia; tanto, que lo que se decidió sin y en contra de ella, se ha vuelto caduco” (https://www.libreriadelledonne.it/pubblicazioni/el-final-del-patriarcado-ha-ocurrido-y-no-por-casualidad-sottosopra-rosso-enero-1996/). Y de esto habla la profunda crisis en que se encuentra la heterosexualidad, en su dimensión institucional tanto como relacional (pienso, por ejemplo, en las reflexiones, desde la experiencia heterosexual, de la escritora y filósofa argentina Tamara Tenenbaum: puedes consultar esta entrevista https://maremotom.com/el-vinculo-heterosexual-tiene-muchas-dificultades-que-no-hay-en-otros-generos-tamara-tenenbaum/ o leer El fin del amor: querer y coger en el siglo XXI, Buenos Aires, Ariel, 2019).

 

Entregarnos, no solo a pesar de que eso pueda significar perder, sino con todo y la pérdida. En “Reliquia”, Rosalía enumera sus pérdidas y los lugares en que estas acontecieron: “Yo que perdí mis manos en Jerez/ Y mis ojos en Roma” -escribe en la primera estrofa. En la segunda, escuchamos: “Perdí mi lengua en París/ Mi tiempo en L.A./ Los heels en Milán/ La sonrisa en U.K.”. Después de estas dos estrofas de pérdidas, la tercera, que será el estribillo, es la estrofa del don, de la entrega como un regalo, apoteósica en letra y voz:

 

Pero mi corazón nunca ha sido mío

Yo siempre lo doy

Coge un trozo de mí

Quédatelo pa’cuando no esté

Seré tu reliquia

Soy tu reliquia

Seré tu reliquia

 

 

“Pero mi corazón nunca ha sido mío”: este pero es tremendo. La constatación del corazón regalado, del acto de dar el corazón de una, de la disposición a amar, a la desposesión comienza con una adversativa, lo cual podría parecer una adversidad, pero no. Este pero no está para negar o atenuar la pérdida ni el amor. Es la constatación de la pérdida como parte del amor. Y, sobre todo, diría yo, la constatación del amor como una disposición a la apertura del corazón.

 

No retornamos intactas del amor. No retornamos intactas porque somos tocadas por la amada, a condición de dejarnos tocar por la otra. No retornamos. Y eso puede ser un goce. El goce del amor. El amor nos convierte en otras. Contra la idea tan extendida por la autoayuda del “amor propio”, tengo ganas de decir que el amor, si mecere tal nombre, nunca puede ser propio. Ni como identidad ni como propiedad. Porque el amor nos saca de sí: el amor me saca de mí. Nos extraña, es decir, nos convierte en extrañas para nosotras mismas. Nos altera, porque es otra (“alter”, en latín) quien aparece. Y las consecuencias de esa aparición nunca son previsibles ni calculables. También en este sentido el amor es éxtasis.

  

 

 

 

 

 

 

 

 

Este texto fue publicado con anterioridad en la newsletter de Co-Madre (coworking para mujeres)

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