¿Las mujeres ya no lloran?
Dra. Arantxa Hernández Piñero,
Tres Guineas
Seguro que todas reconocemos la frase “las mujeres ya no lloran” y le seguimos la letra. Frase de una celebérrima canción que la artista (y su equipo de marketing, imagino) tuvo el buen ojo de convertir en el nombre de su gira internacional. ¿Por qué la pongo acá entre interrogantes?
El “ya” nos indica que en el presente las mujeres no hacemos algo que antes hacíamos: llorar. Y parece jugar con el estereotipo patriarcal que asocia feminidad, emocionalidad y debilidad. El llorar es rechazado en favor de otra acción que se estima más deseable: facturar.
El contexto de la canción es el de una ruptura amorosa. Entonces, si se nos rompe el corazón, ¿no lloramos?
Desde hace algún tiempo me preocupa la superficialidad con la que se habla de los sentimientos y las emociones y el empobrecimiento del vocabulario con que nos referimos a ellas: se fabrica un lenguaje estandarizado que aplana la complejidad de la vida afectiva y psíquica y proliferan recomendaciones y estipulaciones de todo tipo, convertidas con rapidez en fórmulas, que circulan en libros de autoayuda y cuentas de instagram de “desarrollo personal”. Se extiende, como mancha de petróleo en el océano, la idea de que necesitamos un “experto” (lo escribo en masculino a propósito) que nos diga cómo vivir nuestra vida.
La imagen de la mujer resolutiva, pragmática y dominadora de sus emociones (la que no llora, sino factura), que se confunde equivocadamente con un ideal feminista, me parece una trampa para nosotras las mujeres, de todas las sexualidades.
Me viene a la mente (y se me mueve el cuerpo entero) otra canción: más antigüita pero que canta una experiencia desamorosa similar. Se trata de “Yo no lloro más”, interpretada por La Lupe, una grande, y compuesta por Myrta Silva. El estribillo dice así: “Yo no lloro más/ y si se quiere ir que se vaya”. Me interesa la estrofa que dice: “Por amor lloré bastante/ lloré pa’ llenar un río, de boba/ Pero de hoy en adelante/ de los amores me río”.
Esta canción arroja más luz al fenómeno de la negativa a llorar por parte de las mujeres: bien porque se considera que ya se lloró suficiente, como en el caso de La Lupe, bien porque llorar no se considera una acción benéfica (también en el sentido de que no reporta beneficio económico), el decreto de no llorar es una respuesta al desamor, que se resuelve en una especie de escepticismo del amor. “De hoy en adelante/ de los amores me río”, canta La Lupe. “Las mujeres ya no lloran, las mujeres facturan”, remacha Shakira.
Y esto no solo afecta a las heterosexuales. Parece que las lesbianas también padecemos la fiebre del escepticismo del amor y se receta el endurecimiento como cura (aunque nos afecta de manera diferente y esa diferencia importa; hablaré de esto en otra columna). En su autografía, la feminista lesbiana negra Audre Lorde, cuando pasa la primera noche con Ginger y tras la muerte de Gennie, su primera amada inconfesada, escribe: “Amar dolía demasiado. (…). La única manera de evitar aquel dolor era no querer a nadie y no permitir que nadie se hiciera demasiado íntima o demasiado importante en tu vida. El secreto para no volver a sentir aquel dolor, decidí, era no depender nunca de nadie, no necesitar nunca a nadie, no amar nunca a nadie” (Zami. Una biomitografía, Madrid, Horas y horas, 2009, p. 233). Transida de dolor por la muerte de su primer amor perruno, Gloria Anzaldúa, escritora feminista lesbiana chicana, toma la misma resolución: “nunca más amores”, repite en “La prieta” (Anzaldúa, Gloria y Moraga, Cherríe, ed., Esta puente mi espalda, San Francisco, ism press, 1988, pp. 163 y 164). El desamor nos quiebra y la respuesta a este dolor es la petrificación. No amar para no sufrir.
¿No amar para no sufrir? ¿No llorar para no darle lugar al dolor? ¿No vivir, entonces?
La escritora y pensadora feminista Hélène Cixous escribió en Fotos de raíces. Memoria y escritura (México, Taurus, 2001, p. 104; me tomo la libertad de modificar el género gramatical de la traducción para darle lugar al femenino):
Níobe
llorar = es un llamado:
es un acto de fe.
Una se entrega, una admite el dolor,
una no se endurece, una no se petrifica para evitar el dolor
de volver...
Todo lo que se pierde pide ser llorado, no necesariamente porque haya sido bueno (a veces sí, otras no), sino porque formó parte de quienes éramos.
Acude a mi mente otra imagen: el temblor. El temblor que aparece cuando lloramos; el temblor que aparece cuando amamos. El temblor que surge al albergar en nosotras las preguntas de vida para las que no tenemos respuesta, y que, precisamente por eso, son vitales y nos rondan. El “derramamiento de lágrimas es un misterio a través de toda nuestra vida -continuamos con Cixous-. No sabemos por qué lloramos, cuánto lloramos. Las lágrimas no están en relación con la causa aparente, etcétera. ¿Quién llora? ¿A quién (he) llorado? ¿Quién me hace llorar? ¿Cómo eso llora, cómo goza, desborda […]?” (p. 101).
Este texto fue publicado con anterioridad en la newsletter de Co-Madre (coworking para mujeres)

