“Everything fades away, except for you”:cosas que no existían, cosas que existían y cosas que siguen existiendo
Dra. Arantxa Hernández Piñero,
Tres Guineas
… ride like the wind
Never look behind
… vuela como el viento
Nunca mires atrás
“Promise to Try”
Madonna
No existían los teléfonos inteligentes. No existían los teléfonos celulares. Ni los teléfonos inalámbricos. No existía internet. No existían las mochilas con ruedas.
Existía la tele. Existían dos canales de televisión pública. Existieron después dos canales de televisión privada, que no eran de paga.
Existía la cinta casette. Existía la cinta VHS. Existía el aparato que reproducía y grababa cintas VHS, que llamábamos simplemente vídeo. Existía la radio casette y la minicadena. Existía el walkman.
Existían los diccionarios. De tapa blanda como el Sopena. O de tapa dura como el Vox. Existían las enciclopedias con fotos a color. Existían los libros de texto y las libretas de resorte. Existían los estuches, que cargábamos en nuestras espaldas, junto con los diccionarios y las libretas de resorte, en la mochila para ir a la escuela. No hacía falta decir sin ruedas.
Existía la escuela. Existió después el Colegio Nuevo.
Existía la Bibliobús.
Existía El Tablero. Existían Barranco Grande y El Sobradillo. Existía Taco. Existía La Gomera. Existía Machado.
Existía la bici. De cross.
Existía la venta de Sonita. Existía la venta de Segundo. Existía El Orsueco.
Existía La Telefónica. Existía el Campo. Existían las huertas.
Existía la casa con las huertas. Existían los geranios de abuela. Existían los bardos. Existía el nisperero. Existía el guayabero.
Y, de repente, como una aparición, existía Ella.
Ella cantaba en un idioma que no era el mío. Bailaba. Sus vídeo-clips eran fascinantes. Ella era fascinante. “I can hear your voice…”. “Like a Prayer” fue el primer vídeo-clip suyo que yo vi, en la tele, en un programa musical de uno de los dos canales de la televisión pública.
Yo la escuchaba en cinta casette. El disco de Like a Prayer. No recuerdo si mis padres ya me habían regalado la minicadena, o la escucharía en la radio casette.
Después llegó el Immaculate Collection. También en cinta. Objetos preciosos. Dotados de la magia de sonar.
Objetos preciosos y preciados. Tratados con un cuidado casi reverencial. Porque venían de otro mundo: un mundo que no era el mundo de mis padres, pero al que mis padres querían que yo entrara. Hasta cierto punto.
Fui a ver Dick Tracy. Con mis padres, cosa que ahora me parece extraña. Solo fui dos veces al cine con ellos, que yo recuerde: a ver Guarapo, una película canaria ambientada en La Gomera, la isla de donde era mi madre, que mostraba el poder ilimitado y arbitrario de los terratenientes y la vía de la migración a Venezuela como una salida a aquella miseria y aquel autoritarismo, y Dick Tracy. Nuestros dos mundos.
En la televisión pública emitieron el concierto que Madonna dio en Barcelona en su gira Blond Ambition Tour. Yo lo grabé, en una cinta VHS, que vi infinitas veces, y rebobiné también infinitas veces, hasta el punto de que algunas de las partes sonaban como suenan las cintas que están a puntito de rayarse. Mi fascinación era absoluta. Era una mujer que venía de otro mundo. De otra galaxia. Una puerta se abrió para mí, en mí: existía otra vida.
Ella era la anunciadora y la mesías, al mismo tiempo. Me era familiar la simbología y el vocabulario católico. A mis once, doce años aún iba a catequesis a la iglesia del pueblo todos los sábados en la tarde. No entendía bien todo en sus vídeo-clips, pero no hacía falta. Porque no eran del orden del entendimiento, sino del orden de la anunciación: “Express yourself” era la buena nueva.
Yo era tímida. Muy tímida. Era callada. Introvertida, aunque yo esa palabra no la conocía en ese momento. Se decía “muy vergonzosa”. Pa’dentro. Y sí, todo me daba vergüenza. Así que el deseo de libertad con el que conectó Madonna, o con el que yo conecté con ella, fue durante mucho tiempo un deseo interior. La manifestación exterior, en todo caso, era más llamativa para las demás que para mí: no me “vestía bien”, no me “arreglaba”, parecía “una pordiosera”, decía mi madre.
Pienso que es la fascinación que la “echadita pa’lante”, decimos en Canarias, despierta en la tímida, como pasa en Panza de burro de la escritora canaria Andrea Abreu, pero con un final más festivo en este caso (hay edición mexicana de la novela en Elefanta Editorial, 2021). A las “ruinillas” del insti, así las llamaban y las llamábamos en su ausencia, qué tremendo, les encantaba Madonna. Cómo no. Las “repetidoras”, les decían también, lo que significaba que eran algo más mayores que nosotras, las del resto de la clase. La canción era “Deeper and deeper” (Erótica, 1992). Ella se hacía llamar Clo. Por alguna razón que desconozco, cuando iba a clase, de higos a brevas, se sentaba al lado mío. Me pedía los apuntes y hacía dibujitos en mi libro de texto, que estaba impoluto. Otro objeto precioso. Fue la única a la que permití que rayara mis libros. No sabía qué me pasaba con ella. Me ponía nerviosa cuando se me acercaba, me sudaban las palmas de las manos… Yo padecía de una ingenuidad tal, por no decir de una ignorancia estremecedora, que ahora me inspira ternura.
No imaginé lo lejos que me iba a llevar escuchar Confessions II. Allí adonde evito regresar, allí adonde una vez decidí no volver ni en recuerdos.
En las cintas casettes de los álbumes originales venían cuadernitos o desplegables con las letras de las canciones. Aunque el idioma extranjero que estudiábamos en la escuela era el inglés, no entendíamos las letras de las canciones (me consta que no soy la única). Yo quería saber qué decía aquella mujer venida de otra galaxia. Como la niña aplicada que yo era, estudiaba las estructuras gramaticales y las conjugaciones verbales y tenía un diccionario pequeño de inglés-español, español-inglés de tapa dura Vox, con portada de fondo blanco y dos “v” yuxtapuestas en verde, que era el que la maestra nos mandaba comprar. Me parece que lo estoy viendo. Decidí traducir la canción: “Like a Prayer”. La traduje y la copié en una de mis libretas de resorte. Fue la primera vez en mi vida que traduje un texto. Sin saber, como luego sabría, que “la traducción es el acto de lectura más íntimo”, en palabras de la pensadora feminista postcolonial Gayatri Chakravorty Spivak. También traduje “Justify My Love”, del disco Immaculate Collection (1990), canción que me resultaba hipnótica tanto por la base musical como por la voz susurrante de Madonna. Era una práctica íntima y solitaria, a la vez: íntima porque creaba una relación estrecha con la letra y la voz de Madonna, éramos dos ahí, y solitaria porque ocurría en soledad y para mí misma. Nunca le dije a nadie lo que hacía. Antes de empezar a escarbar con esta escritura ni siquiera me acordaba.
Me impresionó volver a escuchar Like a Prayer en este momento de mi vida y reparar en canciones como “Promise to Try”, que me hizo llorar (y no soy una mujer de lágrima fácil), “Oh, Father” y la osadísima “Act of Contrition”. Pero también la celebérrima “Like a Prayer”, la que traduje y me aprendí de memoria en inglés. ¡Qué sencillo y poderoso inicio! “Life is a mistery/ Everyone must stand alone”. “La vida es un misterio/ Todas debemos enfrentarla solas”. ¿Cómo resuena ahora en mí esta alusión a la soledad de la vida y esos otros versos que dicen “I hear you call my name/ And it feels like home”? “Te escucho llamarme por mi nombre/ Y me siento como en casa”.
Para todas las que, como yo, hemos tenido dificultades con el hogar, con las ideas y las experiencias de la familia y el hogar, estos versos no son cualquier cosa, pienso. Quizás a todas las que en algún momento de nuestras vidas, o tal vez todavía ahora, hemos sentido que no encajamos nos hablan al corazón de nuestro padecer, como me pasa a mí. Y creo que también le hablan a nuestro deseo de libertad. Siento que, al escuchar a Madonna cantando “I hear you call my name/ And it feels like home” me convierto en una caja de resonancia. ¿Cuál es esa voz o cuáles son esas voces que al llamarme por mi nombre me hacen sentir “como en casa”? ¿Que son casa? ¿Y qué es “casa”, “hogar”?
“… ride like the wind/ Never look behind”; “… vuela como el viento/ Nunca mires atrás”, la escuchamos cantar, con una voz profunda que se quiebra por momentos, en “Promise to Try”, tema dedicado a su madre, fallecida a sus cinco años. En muchas ocasiones, Madonna cuenta que siempre se sintió una extraña, una “outsider”. En el discurso de recepción del premio de la GLAAD (Gay and Lesbian Alliance Against Defamation), en mayo de 2019, la artista dijo, con ese toque irónico que cultiva: “mientras crecía, siempre me sentí como una outsider, no encajaba. No era porque no me depilara las axilas, simplemente no encajaba”. Y narra la gozosa sensación de libertad que experimentó la primera vez que fue a un bar de ambiente con el que era su profesor de danza, Christopher Flynn, cuando ella aún vivía en Rochester (Michigan) en la casa familiar (puedes escuchar el discurso completo en https://www.youtube.com/watch?v=NAdR0Fdpyes&t=190s). Puedo imaginar bien cómo el deseo de marcharse crecía en su interior. Pies pa’qué los quiero. Me impresiona la convicción que la mueve. En una entrevista de 2015, ella reflexiona: “Me sentía atraída por todas esas mujeres independientes y que llevaban un estilo de vida nada convencional [Frida Khalo, Anne Sexton y Sylvia Plath]. Solo pensaba en salir de allí y convertirme en una artista, también. Pero también veía que estaba en un entorno en el que nadie iba a animarme a ello” (https://www.vice.com/es/article/quiero-vivir-para-siempre-una-entrevista-con-madonna/). Me impresiona su claridad: nadie me va animar, pero me lanzo, sin permiso y sin bendición familiar, porque no aventarme es morir. Y vuelvo a Jeanette Winterson, presente en casi todos mis textos de “Nuestros Escritos”, quien nos narra en sus memorias que al marcharse de la casa familiar, la cual nunca sintió como un “hogar”, pensó: “Si no puedo quedarme donde estoy, y no puedo, entonces pondré todo mi empeño en el camino” (¿Por qué ser feliz cuando puedes ser normal?, Barcelona, Lumen, 2012, p. 129).
Desde mis primeras escuchas de Confessions II, me cautivó la última canción: “L.E.S. Girl”. Hay un cambio de estilo musical hacia el final del disco: “L.E.S. Girl” es una balada. Sí, pero no es nostálgica, como he leído en varias reseñas (por ejemplo, en la del 2 de julio en The Guardian: https://www.theguardian.com/music/2026/jul/02/madonna-confessions-ii-album-review). Es una canción que nos recoge, nos invita al recogimiento, cuando volvemos a la soledad después de la fiesta, cuando nos amanece la tristeza: “The nigth is kind/ The day is blue”. “La noche es amable/ El día es triste”. ¿Hay que decir que también son metáforas? Me parece importante decir que Madonna es mucho menos literal que la mayoría de sus críticos musicales e intérpretes.
“L.E.S. Girl” es una mirada al pasado, sí, como lo son otras canciones de este disco, pero no percibo añoranza. Cuando escucho la canción, escucho una carta de amor y reconocimiento, no al novio que tuvo y al que evoca, sino a sí misma, al camino: una carta de amor y reconocimiento de la Madonna de hoy hacia la joven que ella fue, la joven recién llegada a la gran ciudad y que debe la renta, entusiasmada y aterrada, solitaria y apasionada, perdida y determinada, asustada y corajuda, al mismo tiempo; a la chica que sobrevivió en ese barrio y a ese barrio de Nueva York y que, de alguna manera, sigue habitando en ella. “Everything fades away/ Except for you”, “Todo se desvanece, excepto tú”. Esta honestidad y esta fragilidad me conmovieron desde la primera vez que escuché la canción. El registro de su voz, con su fragilidad y su honestidad, me llevó, más allá del muy lejano barrio de Nueva York al pueblo de El Tablero en el que me crié, allí adonde evitaba regresar, a ese lugar del sufrimiento interior adonde había decidido no volver ni en recuerdos. Después de tantos años, y a través de todos los tiempos vividos, no lineales, el arte de Madonna vuelve a ser, para mí, un umbral.
Agradezco a mis primas del chat “Mistura de primas” por su inestimable y afectuosa colaboración para determinar algunas fechas y datos relevantes para este escrito. En orden de aparición en el teatro del mundo: Elsa Arteaga Piñero, Elva Arteaga Piñero, Silvia Mejías Vera, Goretty Hernández Hernández, Yurena Hernández Hernández y Carmen Marrero Hernández.
De manera no premeditada, mis impresiones sobre el último disco de Madonna, Confessions II, se convirtieron en una serie. Esta es la segunda. La primera se titula “¿Discotequera por fuera, atormentada por dentro? Madonna y la soledad ontológica”, también publicada en “Nuestros Escritos”. Es posible que llegue una tercera.

